Llegó a aquel lugar como antes había llegado a tantos otros, callado, con paso firme y la mirada curiosa.
Lo primero que le extrañó a El Viajero fue el silencio de aquel lugar, aquel silencio que le dejaba oir el llanto no muy lejano de una niña. Guiado por él, El Viajero aceleró el paso, y encontró, sentada, casi acurrucada, bajo la sombra de un viejo olmo, a una preciosa niña morena de pelo largo y rizado. El Viajero, sin decir nada, se sentó al lado de La Niña, y, con sumo cuidado, fue recogiendo en sus manos las lágrimas, y, mirando entre ellas, comprendió; así pues, El Viajero tendió su mano a La Niña, diciéndola, “llévame con ella; la curaré”.
En ese momento La Niña dejó de llorar, y, tomando la mano del viajero, y con una tímida sonrisa de esperanza, le llevó a su casa. Allí fue recibido por El Padre, que, al escuchar a La Niña que El Viajero podría curarla, le hizo pasar a su cuarto.
La Enferma se encontraba apresada por La Fiebre en la cama. La Fiebre había vendado a La Enferma con sus propios párpados, y había hecho piedra su corazón y sus venas, para raptar su alma y dejarla inmóvil. El Viajero se sentó junto a la cama, y, tomando su mano, comenzó a contarle bellas historias de los lugares que había conocido en sus viajes. Historias llenas de sonrisas y risas, cuentos mágicos de amor cargados de finales felices, leyendas llenas de sabiduría… y, al llegar la noche, la mano de La Enferma, era de nuevo ligera y suave.
Poco antes de llegar El Cansancio, El Viajero posó un beso sobre la frente de La Enferma, cerrando así la puerta a Los Malos Sueños que La Fiebre siempre llamaba. Así, La Enferma soñó con los bellos lugares, con las risas y las sonrisas y todas las cosas lindas que habitaban en las historias de El Viajero.
A la mañana siguiente, La Enferma ya empezaba a mover los dedos, mientras, El Viajero, seguía contándole historias con su mano tomando la de ella. Y así fueron pasando los días, llenos de historias bellas, empezando con una nueva mejoría de La Enferma cada mañana, y acabando con un beso en la frente, para trancar la puerta a Los Malos Sueños, hasta que, un día, La Enferma abrió los ojos, y sonrió, pues La Fiebre se había ido al desaparecer Los Malos Sueños, y porque ya conocía historias preciosas que compartir con El Padre y La Niña.
Ese día se hizo una gran fiesta. Todos bailaban y reían, pero, a la hora de brindar, cuando El Padre alzó su copa para expresar su gratitud a El Viajero, nadie le encontró. Fue entonces cuando La Niña apreció corriendo por el camino, anunciando que El Viajero había partido ya, pues quedaba mucho camino por andar, pero que agradecía la historia que aquí había aprendido. Sonrientes todos, reanudaron la fiesta en su honor.
La Niña sonreía feliz, con su preciosa sonrisa que le marcaba unos graciosos hoyuelos, pues su madre volvía a estar bien, y ella tenía sus primeros secretos, pues, lo que La Niña no dijo, fue el encargo del viajero de dejar un beso sincero en la frente de La Enferma cada noche, para que nunca más volvieran Los Malos Sueños. Pero más aún se guardó para sí, como el mayor de los secretos y el más bello de los tesoros, el beso que El Viajero le dejó en su frente, un beso tan grande y sincero, que a ella nunca le atacarían los malos sueños.